Hablás con quien hace el trabajo.
Trabajo como consultor independiente, y eso cambia una cosa concreta: no hay una persona que te vende, otra que anota lo que dijiste y una tercera que lo ejecuta sin haber estado en la reunión.
El costo de esa cadena no lo paga el estudio: lo pagás vos, en cosas que se explicaron una vez y llegaron mal, y en semanas que se van entendiendo de nuevo algo que ya habías contado. Acá eso no existe, porque el que te contesta es el que escribe el código y el que te va a tener que dar la cara si sale mal.
Lo que eso significa en la práctica
Significa que no te van a vender de más, porque no tengo una estructura que mantener ocupada. Significa que cuando preguntás algo técnico te contesto en el momento, sin "lo consulto y te aviso". Y significa que puedo decirte que no: que tu problema no es para mí, o que lo que querés hacer no vale lo que cuesta. Eso un comercial con objetivo mensual no te lo dice nunca.
También significa, y conviene decirlo, que tengo un límite de cuánto puedo tomar a la vez. Si estoy completo, te lo digo. Prefiero perder un trabajo antes que aceptarlo y atenderlo mal.
Cómo arranca
-
Me contás el problema como te salga
No hace falta que venga ordenado ni que sepas si es grande o chico. Podés escribirme por el chat del sitio o por WhatsApp. Muchas veces la conversación sola ya reordena el pedido.
-
Te digo qué camino conviene
Si se resuelve en una consulta, compramos una hora y listo. Si hay que relevar en serio antes de poner un número, va el diagnóstico. Y si no es algo que yo pueda resolver, te lo digo ahí mismo.
-
Trabajamos sobre lo que duele primero
No arranco por lo más prolijo de hacer, arranco por lo que más te está costando hoy. Suele ser menos elegante y bastante más útil.
-
Queda documentado qué se hizo
Después de cada tramo sabés qué se tocó, por qué, y cuánto se usó. Si un día trabajás con otra persona, que pueda retomar sin tener que adivinar.
Miro el negocio antes que el sistema
No vengo sólo del lado del software. Me tocó también el de la gestión: mirar los números de una empresa todos los meses, decidir qué reponer y qué discontinuar, perseguir una cobranza, entender por qué un rubro deja margen y otro no. Esa parte cambia cómo encaro un problema técnico.
En la práctica significa que antes de proponerte una solución te voy a preguntar cosas que no son técnicas: cuánto te cuesta hoy el problema, cada cuánto pasa, quién lo está tapando a mano. Muchas veces la respuesta correcta no es un desarrollo, es cambiar quién carga un dato o en qué orden se hacen dos cosas. Un proveedor que sólo sabe programar no te puede dar esa respuesta, porque la única herramienta que tiene es escribir código.
Y también significa que entiendo lo que cuesta parar. Cuando digo que una migración no puede frenarte la operación no es una frase de venta: es que sé lo que es tener que facturar igual el lunes.
Qué automatizo y qué no
Automatizo lo repetitivo, lo aburrido y lo que alguien hace hoy copiando de una pantalla a otra. Esas tareas no sólo cuestan tiempo: se hacen mal justamente porque son aburridas, y los errores aparecen semanas después, cuando ya se facturó.
No automatizo las decisiones. Hay un punto en todo sistema donde hace falta criterio —una diferencia que no cierra, un dato que vino raro, un caso que no estaba previsto— y ahí la respuesta correcta no es que el sistema elija rápido: es que se detenga y pregunte.
En el sistema que opero, cuando el control cruzado encuentra una diferencia que no cierra, no la resuelve solo: la frena y pide confirmación. Y el chat que atiende a los visitantes tiene prohibido dar precios, prometer plazos o inventar disponibilidad — si no sabe algo, lo dice.
Las dos cosas son decisiones deliberadas y las tomé por experiencia propia. Una automatización que adivina en silencio no te avisa que se equivocó: te deja un problema que aparece cuando reclama un cliente, y para entonces ya pasaron semanas.
Tus datos y tus accesos
Trabajo con lo mínimo necesario. Si para resolver algo alcanza con ver una muestra, no pido la base entera. Los accesos que me des quedan a nombre tuyo, en tus cuentas, y los podés revocar cuando quieras sin depender de que yo haga nada.
Lo que vea de tu operación no sale de ahí. Y como ya habrás notado en este sitio, no publico nombres de clientes: cuando cuento un caso, lo cuento sin decir de quién es.
Lo que no hago
No doy soporte de urgencia a cualquier hora si no hay un abono que lo contemple. No prometo fechas antes de entender el alcance — y si alguien te las promete sin haber relevado, desconfiá. No me hago cargo de infraestructura ni de licencias de terceros: eso se contrata a nombre tuyo, porque tiene que seguir siendo tuyo aunque dejemos de trabajar juntos.
Y no tomo trabajos donde el objetivo real es justificar una decisión ya tomada. Si querés que te diga que el sistema que compraste está bien, no soy la persona.